Cultura

El día que Virginia Gallardo dejó expuesta la ignorancia de Axel Kicillof

Días atrás Guillermo Nielsen fue expulsado del entorno de Alberto Fernández después de decir que el exministro de Economía no sabe sobre temas de deuda. Ahora la modelo mostró que el desconocimiento del exfuncionario es más amplio.

Axel Kicillof es sin duda el mejor candidato que podía presentar el kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires. Es canchero, da bien en los medios y cae simpático a muchos independientes, que lo consideran auténtico, inteligente y no corrupto. Pero al menos dos de esas virtudes quedaron en duda tras su paso por Polémica en el Bar el jueves pasado. Lo peor no fue que Virginia Gallardo, modelo bastante más enterada de cuestiones de la economía de lo que él imaginaba, lo pusiera en aprietos con una pregunta filosa sobre la inflación y la emisión monetaria. Fue que mostró carecer de mínimo criterio y flexibilidad para lidiar con la discusión que le planteó, y se escapó alevosamente por la tangente. Conclusión: será inteligente, pero es bastante ignorante y no sólo en temas de deuda como advirtió Guillermo Nielsen, también sobre el problema concreto que más agobia a la opinión pública, la inflación y, tal vez lo más importante, sobre cómo comportarse en una discusión pública. En suma, demostró carecer del mínimo sentido común que necesita un economista, y más todavía un político, para resolver situaciones prácticas. Inteligencia e ignorancia, ya se sabía, pero el exministro de Economía volvió a demostrarlo, pueden ir de la mano. Y el quid de la cuestión está en que el tipo de inteligencia con que cuenta evidentemente tal vez no sea muy útil fuera de las aulas y para hacer otra cosa que dictar conferencias. Por ejemplo para hacer de ministro, o de gobernador. Su esquematismo mental llevó al mismísimo Guillermo Moreno, mucho antes que a Miguel Ángel Pichetto, a llamarlo "el soviético" por las políticas que aplicó en el segundo mandato de Cristina Kirchner y por su estilo personal. Ahora vemos que el problema va más allá de un sesgo ideológico en particular, tiene relación con su modo dogmático de pensar el mundo: no tiene demasiado sentido, por tanto, atribuirlo a una escuela de pensamiento en particular (el marxismo), porque lo cierto es que hace lo mismo tanto con terminología peronista como con las ideas keynesianas, siempre su respuesta es un dogma. Y de tan cerrado y fanático, la autoconfianza puede jugarle en cualquier momento una mala pasada. Como se probó en el set de de TV. Dado además que su experiencia con situaciones de alta inflación es, digamos, bastante extensa, llama poderosamente la atención que no haya aprendido nada. Sigue machacando con las mismas recetas pueriles, dogmáticamente populistas. Como cuando insiste en que si se le pone plata en el bolsillo de la gente, esta consume más y la economía crece. Lo que revela otra variante más, la tercera, de su ignorancia, la que le impide aprender: a pesar de todo lo sucedido en los últimos años en nuestra vida económica, ¿todavía no se le ocurrió pensar que puede no ser muy eficaz esa receta, cuando hay ya una inflación muy alta y crónica, como es nuestro caso desde 2007 hasta el presente?, por más que repartas plata no crece el consumo porque se acelera la suba de precios, y el efecto puede terminar siendo el opuesto, que se pierda poder adquisitivo, es decir, que el consumo caiga. Parte de su problema lo estamos viendo también con Alberto Fernández y otros candidatos kirchneristas, es el contexto en que están acostumbrados a moverse. Suelen zafar de sus más evidentes inconsistencias porque no se los somete a la presión de la repregunta, hablan siempre para tribunas de acólitos que creen en ellos ciegamente, o ante interlocutores que no les frenan el carro, porque no quieren o no saben hacerlo. Bueno, pues el hábito se les volvió en contra. Kicillof no debería haber confiado tanto en su viveza y espontaneidad, y debería haber averiguado quién era y de qué era capaz la modelo, que con una sonrisa lo liquidó de un solo plumazo: "Si como vos decís la inflación no es un problema monetario, ¿por qué no eliminamos todos los impuestos, emitimos toda la plata que el Estado necesita para sus gastos y vemos qué pasa?". Simple, sin vueltas, y directo a la quijada. A cualquiera le puede pasar, más en campaña. Pero lo más sorprendente del caso es que en vez de lidiar con el lío en que se había metido, Kicillof hizo otro y aún más grave papelón. Y fue entonces que mostró hasta dónde puede llevar su ignorancia: empezó a despotricar contra la persecución que supuestamente sufre la educación pública y el desprestigio que supuestamente soporta la Universidad de Buenos Aires, de la que quiso presentarse como exponente y víctima a la vez. Insólito: si acababan de darle un piñazo por lo flojo de sus argumentos, ¿no se le ocurrió que era mal momento para decir que él es la UBA y la UBA es perseguida por quienes quieren destruir la educación pública cuando hablan de sus falencias? ¿No advirtió que así terminaba inculpándose por partida doble, victimizándose justo en lo que había mostrado la hilacha, la fragilidad de su conocimiento económico, y confirmando que hay graduados de la educación pública (como los hay de la educación privada, ahí está el caso de Moreno para demostrarlo) que tal vez no sean muy confiables que digamos? La que sí dejó bien parada a la educación pública fue en cambio Gallardo, quien estudió apenas tres años contaduría en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Y al menos dejó asentado ante la audiencia que no todo el presupuesto nacional que se destina a sostener la educación superior gratuita es plata tirada.

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